Esta no es una
historia de amor. Es más, ni siquiera es una historia de romance. Es más bien
una historia de decepción; un esbozo de desafortunadas experiencias humanas. No
me mal interpreten, en esta historia hay amor, sexo, aventura y romance; sin
embargo, cuando la cosa se empiece a poner buena ¡boom! La vida te cacheteará
como la gorda prostituta mal cogida que en realidad eres.
Todo empieza, como
cualquier historia que valga la pena, con una búsqueda: una búsqueda del
verdadero amor. Y a pesar de que todos queremos un final feliz, a estas alturas
no se los puedo garantizar. Este es un viaje reflexivo y emotivo, una oda a la
soledad y a la homosexualidad (obvio sospechaban que era joto por la impecable
redacción). Pero mi estimado lector, no te desalientes, este blog es como la
trágica presentación de Britney en los VMAs (sí, esa donde sale toda gorda, y
estás casi seguro que huele a pipí y trae un cheeto en el cabello que quedó de
la noche anterior): sabes que es patético, lastimero y la máxima expresión de
la decadencia humana pero no podrás dejar de leer.
Durante el tiempo
que escriba este blog, estaré haciendo una cruel e implacable crónica en mi
búsqueda del amor verdadero (de neta). Estaré documentando con innecesario
detalle mis desaventuras y patéticas situaciones; será un ácido viaje al mundo rosa
de un jotangas Sinaloense.
Ahhhh! Creo que
debo presentarme: obviamente usaré un pseudónimo y ocultaré los detalles
personalizables de esta historia. Ustedes me pueden conocer como Xavier S. No,
mejor como X. Sainz. Tengo 30 años y soy casi demasiado joto para funcionar. No
soy feo, pero tampoco soy guapo: estoy justamente en la barrera en donde soy
muy guapo para lidiar con la gente fea pero muy feo para divertirme con la
gente bonita. Tengo uno de esos cuerpos como de luchador: espalda ancha, panza
de esposo pobre golpeador (ya saben, de esos de los que le van al America) y
piernas que hacen parecer que camino parado de manos (más adelante evidencia
fotográfica).
Vivo en Ciudad de
México, pero soy de Culiacán y pasé demasiado tiempo viajando por la frontera
(eso explicará lo del pochismo que más adelante se hará notar). Tengo un
trabajo que me medio apasiona y tengo un montón de amigos fabulosos regados por
todo el mundo. En la universidad me acosté con todo mundo. Mis ídolos son
Margaret Thatcher, Winston Churhill, Batman y mi amá.
Pero bueno,
entremos al tema. Mi vida amorosa! Aquí va mi más reciente cita:
El Vegano.
Pos bueno. Conocí a
un fulanito en Tinder, al cual nos referiremos como “El Vegano”. El Vegano se
presentaba como un hombre lindo, atento y que solamente comía frutas y
verduras. Quedamos de salir en viernes y así fue. Llegó tarde. Como uno de mis
amigos dedujo antes de la cita “cero tiene cuerpo de vegano”, si acaso tenía
cuerpo de tamal mal amarrado. Fue una
cita llena de silencios incomodos y mini-momentos en los que estuve a punto de
decir “acaban de madrearse a mi tía otra vez, tengo que ir a levantar la
denuncia” y salir corriendo tan rápido como joto en rally republicano en Texas.
Pero no lo hice: mi decencia y mi incesante necesidad de agradarle a alguien
con quien no quiere tener nada que ver, me venció. Durante la cita, se descubrieron algunos datos
interesantes: todavía vive con sus padres, tiene 35 años, tuvo una relación con
un Colombiano y verdaderamente creía que tenía buen cuerpo.
Después de una cena
aburrida, llena de detalles sin importancia esbozados para matar el silencio
incomodo, fuimos al cine. Vimos el Aro 3 y lo único que me asustaba más que la
idea de ver una película tan mala, era sostener un minuto más de conversación
forzada con el vegano. Estaba a reventar de comida después de la cena, pero
decidí que la única manera de sobrellevar el resto de la noche era atiborrando
mi boca de confites, palomitas y sueños rotos (ya saben, lo que uno cena en
viernes antes de quedarse dormido llorando).
Terminamos la cita,
caminamos un par de cuadras y él pidió su uber. El uber llegó, junto con mi
deseo de continuar con vida. Caminé a casa, y al regreso me encontré a dos
buenos amigos terminando de tomar en un bar que se encuentra casi enfrente de
mi casa. Tuvimos una breve y amena conversación y partí a casa.
El camino a casa
fue lo mejor. Una noche hermosa y fresca en el corazón de la Ciudad de México;
una buena canción sonando en mi celular y yo sólo, con ese sentimiento
nostálgico que invade después de cualquier primera cita. Llegué a casa, tomé
una jurisprudencia de la segunda sala de once hojas y la leí hasta que me
invadió el sueño (ya sé, soy de flojera por leer jurisprudencias antes de
dormir y por eso voy a morir sólo).
El vegano resultó
ser una primera cita más. Una promesa idealizada por la incesante necesidad de encontrar
el verdadero amor…

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